ANA LYDIA VEGA
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y contesta las preguntas tienes hasta el Jueves 23 de abril de 2020 para enviar tus respuestas.
Oh,
Familia Singular, en dación entregada sin el orgullo
que rompe
los nobles
esfuerzos…
LOLITA LEBRÓN
Arroz era un
blanquito finudo y empolvado. Habichuelas: un mulato avispao y sabrosón. Arroz
señoriteaba solo, en eterno pritibodi, por los calderos de la Fonda Feliz, echándoselas de su perfil
gallego y su jinchura de Ateneo. Habichuelas soneaba alegremente en su salsa
con Jamón y Tocino, Ajo y Cebolla, Pimiento y Calabaza, los seis panitas
fuertes de gufeo y bembé.
Tan distintos
eran Arroz y Habichuelas que, a pesar de todos los esfuerzos de la cocinera Ña
Jesusa, no se podían ver ni en pintura. Arroz temblaba de asco pensando en que
una sola gota colorada de la salsa de Habichuelas manchara la castiza blancura
de sus granos. Habichuelas temblaba de furia pensando en que el presentao de
Arroz fuera a pisarle la suculenta salsa de su combo guasón.
La enemistad de Arroz y Habichuelas era tan grande
y tan gorda que se la pasaban espiándose, criticándose entre sí, mofándose y
gozando de lo lindo cuando la mala suerte se le venía encima al otro como una recaída de vulgar sarampión. Para
Arroz –o don Arroz, como exigía que se le llamara en la cocina– el malo de la
película era siempre Habichuelas. Y a menudo se le oía decir que no había mejor
olor que el olor a habichuelas quemadas. Habichuelas por su parte, rodaba
estufa debajo de la risa cuando le llegaban noticias de que don Arroz, con todo
y sus guilles de Madre Patria, se le había amogollado en la olla a Ña Jesusa
como un puré de papas cualquiera.
¡Qué batalla la de
Arroz y Habichuelas! Toda la cocina estaba enterada del lío y no había alimento
que no participara en el llevitrae de comivete de la Fonda Feliz. La verdad es
que Arroz no tenía muchos amigos. Como era tan echón, sólo se codeaba con don
Pollo y con ciertos mariscos que toleraba, a pesar de sus olores, cuando se iba
de paella una vez al mes. Habichuelas, sin embargo, nunca andaba solo. Todo el
mundo quería mojar en esa salsa que reunía lo mejor de la alacena en su rítmico espesor.
Ña Jesusa tenía
otra cabeza. Y a la hora de preparar el especial del día no respetaba ni santos
ni ideologías. ¡Cuánto sufrían los rabiosos rivales cuando la
cocinera
echaba en la losa fría del plato lleno una nevada montaña de arroz brillosísimo
Arroz junto a la charca salpicada de Habichuelas enfogonás! Se hacían frente
como dos ejércitos de superpotencias peleándose el mundo, calándose uno a otro
de arriba abajo con desconfianza cien por ciento jíbara. Arroz cerraba los ojos y apretaba los granos
con todas las fuerzas de su rancio abolengo, por aquello de guardar las
distancias y evitar el roce. Habichuelas no movía ni un solo dedo para recoger
los acordes danzarines de su salsa y la dejaba que corriera y corriera hasta
hacerle cosquillas a los granitos más atrevidos de Arroz. Pero hasta ahí
llegaba la cosa. Porque Arroz y
Habichuelas nunca se daban por vencidos
y hasta el último momento se mantenían más separados que los niños y las niñas
en un fildei. Sólo el tenedor irrespetuoso de los trabajadores que almorzaban
en la Fonda Feliz juntaba a los querellantes, sin cuentos ni miramientos, en un
mismo y reñido bocado mortal.
Así se batía el
cobre en la fonda que de feliz no tenía mas que el nombre: Arroz y Habichuelas
buscando siempre bulla y sin esperanza de reconciliación.
Pasó el tiempo,
como siempre pasa en los cuentos, y no sé decirles exactamente cuánto, pero los
que conocen bien la historia de Arroz y de Habichuelas dicen que fueron casi
cuatro largos siglos. Y un día nublado, igualito a los otros –porque en las
cocinas de las fondas no se sabe de sol– llegó un coso feo y raro en manos de
Ña Jesusa y toda la alacena se alborotó. El recién llegado era largo y flaco
como La Pelona. Colorao, pero no del
colorao saludable y atractivo de Habichuelas, sino de un colorao jinchote como
carne viva después de una quemadura. Novelería aparte, nadie había visto nunca
coso igual. Con los ojos como palanganas, todo el mundo lo miraba
fijamente. Aquello parecía el Ajún del
Diablo, Drácula, Hulk, Frankestein, King Kong, la Muerte en Bicicleta y el
mismísimo Cuco, todo a la vez. ¡Cuál no sería la sorpresa de Arroz, que no le
quitaba el ojo de encima por presentir no sé qué peligro para su trono de
cheche culinario, cuando vio al intruso instalarse dentro del congelador de la
nevera, rancho aparte y casa quiere, así sin más ni más!
–Ese no se conforma
con la alacena como cualquier hijo de vecino –dijo Habichuelas a sus salseros
con un chin de desprecio en la voz.
–Apartamento con
aire acondicionado ni más ni menos –añadió Cebolla, con tanta acidez que le
aguó los ojos a todos los que escuchaban.
Pronto se vio que
el extraño estaba hecho en la cocina. Ña Jesusa lo añoñaba como a un bebé. A
cada rato, abría el congelador para sacarlo a pasear. Lo metía
en un aparato muy raro en cuyo interior daban vueltas un montón de pullas. Lo rescataba luego para acostarlo sobre un
pedazo de pan, abierto de par en par
como un culero. Lo bañaba entonces en una mezcla de líquidos amarillos y rojos
y lo arropaba con cebolla frita y algo que tenía un lejano parecido de familia
con la col.
Por la pobre
Cebolla, que tenía que servirle de frisa al nuevo alimento, se enteraron los
demás de lo que sucedía en el comedor de la fonda, después de tantos y tan especiales preparativos. Los
clientes recibían con entusiasmo al intruso recostado como un emperador
romano sobre un platillo plástico,
y se lo

pasaban como clásico
amarillo en boca de viejo con el efervescente acompañamiento de una bebida
color gracia de vaca que todos parecían preferir al maví. Pero lo que dejó
patidifusos y boquiabiertos a todos los habitantes de la cocina fue el saber
que la antigua Fonda Feliz se llamaba ahora y que el Japi Jordó, nombre que
aparecía pintado descaradamente en las servilletas de papel que llenaban el zafacón.
¡Qué despelote
cundió por aquella cocina! Arroz y Habichuelas ponían caras de mangó verde cada
vez que salía un platillo plástico con su carga cafretona y estrambótica. Al
principio, llovieron los chismes:
–Ave María, qué
cosa más fea. Parece un pionono reventao que le han vaciao encima una dita e
sofrito.
–Un deo machucao
con un esparadrapo mal puesto es lo que parece el místel ese.
–O un chorizo
revejío maquillao con talco, a lo Cucaracha Martina acomplejá.
–Al que se eche eso al
cuerpo le darán por lo menos retortijones.
Pero el bochinche
no podía tapar el menú con la mano y la verdad era que el místel, con todo y lo
feo que era, estaba acabando en el Japi Jordó. Y que cada vez menos gente pedía
Arroz con Habichuelas.
Ante esa triste
situación, hubo reunión en la alacena. Calabaza, por ser la más grande y
pamplona de la casa, puso las cartas sobre la mesa y los puntos sobre las íes,
al decir:
–Si no nos
alistamos, el Jordó se nos queda con to y nos pudrimos de aburrimiento en esta
cocina, señores.
–¿Qué se puede
hacer? –dijo Pimiento, todavía verde de envidia, aunque el desempleo le había
pintado unas manchitas blancas sobre el lomo.
Arroz y
Habichuelas se miraron de reojo pero en seguida viraron la cara, recordando que
estaban tradicionalmente enchismaos.
Esa noche, nadie
pegó el ojo. La suerte estaba echada.
Era el zafacón o la mesa. La sazón criolla estaba en issue.
Al día siguiente,
Ña Jesusa vino a despertarlos. Chiripa a
la vista: alguien había pedido
arroz con habichuelas.
Toda la cocina se
alebrestó. Arroz se lució, en su empeño por quedar mejor que nunca. No se
amogolló. Ni se pegó. Granosito y brilloso,
se arrellanaba en el caldero como
en bicicleta nueva. Habichuelas, por su parte, dirigió su combo del sabor como
para Festival Casals; Calabaza se la comió con la conga; Pimiento le dio duro a
los bongós; Cebolla se lució con el timbal; Jamón agitó las maracas con maestría.
Campanas de pascua sacó Tocino del cencerro y Ajo desplegó sus dientes como
piano de cola. La cosa es que
aquella salsa sabía a gloria, que se le subía a cualquiera por los pies hasta
las tripas, aceitándole la maquinaria entera al boricua más renegao.
Llegó el momento
de servir. Ña Jesusa echó su montaña nevada de Arroz parao junto a su charca
salpicada de Habichuelas enfogonás, salvando distancias y categorías, como en
los viejos tiempos.
Arroz y Habichuelas
se miraron a lo perro y gato. Y empezó el baile de bomba. Arroz apretando,
huyendo, defendiendo su pureza. Habichuelas cucando, haciendo aguajes,
pegándole vellones a su archienemigo. Pero siempre de lejitos: se toca con los
ojos y se mira con las manos y Dios libre y no juegue y zape pallá.
En eso, regresó
Ña Jesusa y les soltó nada menos que al místel mentao, larguirucho, flacote y
color callo encangrinao, en el mismo plato en que se debatían los rivales.
Por cortesía,
Arroz y Habichuelas aguantaron hasta que Ña Jesusa colocó el plato frente al cliente
que lo había pedido. Pero tan pronto desapareció la cocinera aquello fue
Jayuya.
Olvidando el
asco más de cuatro veces centenario que los separaba, venciendo el miedo más de
cuatro veces centenario que los mantenía en su sitio, reuniendo la fuerza más
de cuatro veces centenaria que llevaban por dentro, Arroz y Habichuelas se
juntaron: grano con salsa y salsa con grano, gordo con flaco, flaco con gordo,
rojo con blanco, blanco con rojo, y de un tremendísimo empujón, pusieron a
volar al místico místel, echándolo definitivamente fuera del plato. ¡Y qué
placer, qué alegría la de revolcarse juntos dando vueltas de carnero, jugando y
bailoteando, riendo y periqueando y festejando su triunfo, abrazaditos como dos
hermanos!
Como Jordó había
caído al suelo, cubriéndose de polvo y de alas de cucaracha, el cliente, muerto
de asco, mandó que se lo llevaran y no quiso ni por nada del mundo que le
trajeran otro. Por fin, le metió mano a la maravillosa mixta que ante sus
propios ojos se había mezclado. En criollo casorio. En mestizo mejunje. En
jaiba juntilla. En puertorriqueñísimo pacto para la victoria.
Y así fue como
Arroz y Habichuelas se desenchismaron. Desde entonces no se sueltan ni en las
cuestas y siempre los vemos enguaretaditos como buenos amigos porque, después
de tanto tiempo y tanto cuento, llegaron al consenso sin plebiscito.
Esa noche en la
cocina hubo jolgorio. Al compás del combo de Habichuelas y tras un solo sonero
de Arroz, cantaron todos a coro:
Uno
más uno son dos
y dos
vale más que uno. Sin amor no hay solución:
uno sin uno es ninguno.
Con una alegría tan profunda y tan contagiosa
que yo también me puse a
cantar.